By estelacha on Skatehive
El primer rayo de sol de la mañana se coló por la ventana, iluminando el polvo que bailaba sobre la taza humeante. Delante de mí, en la mesa de siempre, había dos tazas de café. Una, la mía, con ese aroma a espera que tanto conozco. La otra, vacía, esperaba un brindis simbólico. Hoy no era un día cualquiera. Hacía exactamente un año que había apagado el ordenador por última vez, que había guardado en un cajón la agenda de piel y el estrés de los informes. Un año desde que aquel "Gracias por tu dedicación" resonó en un salón de actos vacío, mientras yo sentía que me despojaban de un traje que había llevado durante cuatro décadas. Los primeros meses fueron un mar sin orillas. Demasiado silencio, demasiado tiempo para pensar en lo que ya no era. Pero poco a poco, fui descubriendo pequeños placeres olvidados: la siesta sin culpa, las tardes de lecturas perezosas, el lujo de no mirar el reloj. Y ahora, un año después, quería brindar. No con champán, sino con café. El mismo café que durante