By franvenezuela on Skatehive
Era el 1 de marzo cuando noté a Lucas en su cuarto, otra vez alineando sus lápices. Cronometré: nueve minutos y catorce segundos. Tres rojos, dos azules, uno negro, uno amarillo gastado. Los ordenaba por longitud, luego por color, revisándolos como si el mundo dependiera de su perfección. No dibujaba hasta terminar. Mamá lo observó desde la puerta y susurró: «Es tan raro.» No sé si quería que la oyera. Papá, en el sofá, miraba su celular con esa cara de no saber qué decir. En la cena, intenté hablar con Lucas. «¿Cómo estás?» pregunté, porque eso se supone que dices. Respondió: «¿Sabías que la luz viaja a 299.792.458 metros por segundo en el vacío?» No pregunté eso. Sus manos se movían rápido, como tejiendo algo en el aire. Intenté que hablara como los demás, que dijera «bien» o algo normal. No funcionó. El 10 de marzo, desde la ventana, vi a Lucas caminando con la cabeza gacha, contando pasos: uno, dos, tres, pausa, cuatro. Como si el suelo fuera un mapa solo para él. Mamá decía que no