By geraldine652 on Skatehive
Los brazos de una madre son, probablemente, el primer lugar en el mundo donde nos sentimos realmente a salvo. No se trata solo de contacto físico; es un lenguaje que no necesita palabras y que evoluciona junto con nosotros. Cuando llegamos al mundo, sus brazos fueron nuestra primera cuna: el lugar donde el miedo al ruido y a lo desconocido desaparecía. Allí aprendimos que el calor humano es el mejor remedio para el llanto. A medida que íbamos creciendo, se convirtieron en el refugio tras una caída en el parque o en el escudo contra los "monstruos" debajo de la cama. Sus brazos tenían el poder mágico de sanar rodillas raspadas con solo apretarnos un poquito o darnos un beso. Aún recuerdo esa etapa de la adolescencia donde la sociedad parecía no comprenderme y el mundo comenzó a ser más complicado. Esos brazos fueron el sitio donde podíamos ser nosotros mismos, sin filtros; el lugar para llorar las primeras decepciones o celebrar los grandes logros escolares. Aunque ya hayamos crecido y