By roberto75 on Skatehive
Existe un tipo de silencio muy particular que habitamos cuando la mente decide construir un santuario en las ruinas del ayer. Lo conocemos bien: es ese susurro insistente que pregunta “¿Y si…?”, o el eco de una escena que rebobinamos una y mil veces buscando la grieta por donde se escapó la historia que deseábamos. Lo hacemos, casi siempre, con la secreta esperanza de que esta vez el recuerdo nos duela menos o, en un acto de magia involuntaria, cambie su final. La psicología profunda nos recuerda algo que el alma ya intuye pero a lo que el ego se resiste con uñas y dientes: El pasado no es una puerta giratoria, es un paisaje. Podemos mirarlo, aprender a leer sus sombras e incluso oler la humedad de sus tormentas, pero no podemos arrancar los árboles de cuajo para replantarlos en otra dirección. Quedarse en esa batalla no es un acto de amor propio ni de justicia; es una forma de exilio. Cuando dejamos de exigirle al universo que nos devuelva el tiempo perdido o que reescriba el dolor aj