By vgalue on Skatehive
Eran las seis de la mañana. Don Carlos, el vecino del 3°B, bajó a buscar el diario como todas las mañanas, con pantuflas y los ojos entrecerrados. Al llegar a la puerta principal, sintió una racha de aire frío que no debería estar allí. Y entonces lo vio. En la pared de granito rojo, donde antes relucía la chapa de bronce pulido del portero eléctrico, solo quedaba un hueco negro y profundo. De ese rectángulo vacío colgaba un manojo de cables finos, un enredo de colores beige, amarillo y algún filamento rojo, como una cabellera desordenada tras una mala noche. En la punta de todo ese desorden, un solitario botoncito blanco de plástico colgaba como un péndulo roto, tocando apenas la pared helada. "¡Hijos de puta!", masculló Don Carlos, la voz ronca del sueño. Se acercó y vio que los bordes del marco estaban mellados. Estaba claro que no había sido un técnico. No se llevaron la tecnología, se llevaron el peso. Ese bronce antiguo, pesado, que el conserje solía brillar hasta que se veía su